Extraído de nuestro libro: Un poco de Ritaline en el biberón...
No se puede eludir el hecho de que en los países ricos y justamente sobremedicalizados, se observa que la salud de las nuevas generaciones es cada vez más frágil. Infecciones recidiventes, asma, alergias, trastornos del sueño, muertes súbitas, dislexia, autismo, hiperactividad... aparecen desde la cuna y nos siguen hasta la tumba, con un cortejo de enfermedades autoinmunes y degenerativas crecientes. Tampoco, se puede eludir que la recrudescencia de algunas, apareció después de la masificación de la vacunación. El premio Nobel de Medicina (1952), el Dr. Albert Schweitzer observó que "las primeras epidemías" de cáncer aparecieron en África, cinco años después de las primeras campañas masivas de vacunación. En 1943, en los EE.UU., Leo Kanner describió por primera vez, once casos de un nuevo trastorno mental, el autismo, época que corresponde a las primeras campañas de vacunas DTP (difteria-tétanos-tosferina) en este país.
Se puede establecer el mismo paralelo entre los primeros casos de autismo y las primeras vacunaciones en Japon (1945) y Reino Unido (1950). A partir de la década de los 50, se multiplicaron los casos de lo que por aquel entonces, se llamaba "hiperquinesia infantil" y también los casos de dislexia. En 1965, se aplicó la obligación vacunal en los EE.UU. y en 1969 se observó un aumento rápido y "sin explicar" de casos de niños, nacidos después de 1965, que presentaban disfuncionamientos inmunes y neuropsicomotores.
Según el National Vaccine Información Center (NVIC), hay "cada vez más evidencias, confirmadas por más y más estudios científicos, de que la inmunización provoca un gran número de enfermedades crónicas y degenerativas. Las vacunas son neurotóxicas y están asociadas con muchos trastornos neurológicos como encefalopatías, convulsiones, epilepsia, sordera, ceguera, autismo, retraso mental, depresión, ansiedad, trastornos del sistema nervioso central, síndrome de Guillain Barré, leucemia, ADHD y muerte súbita del recién nacido... La relación entre vacunas, encefalopatías y trastornos neurológicos no ha cesado de aflorar en la prensa médica desde los primeros programas de vacunación masiva."
En 1996, investigadores3 de la Universidad de Tel Aviv observaron: "En las últimas décadas, aunque existen informes que demuestran que algunas vacunas puedan desencadenar enfermedades autoinmunes, se debe reconocer que comparativamente, estos hechos no han suscitado mucho interés para llevar a cabo estudios clínicos y farmacéuticos... (...)... Al parecer, tal está descrito, las vacunas tienen una predilección para afectar el sistema nervioso provocando neuritis, dermatitis, desmielinazación, miastenia grave o síndrome de Guillain Barré."
Como lo dice el doctor Hugh H. Fudenberg, uno de los inmunólogos más famoso actualmente, "las vacunas dañan no sólo el sistema inmune sino también los sistemas nervioso y cerebral." Al vacunar a una persona, se introduce en su organismo microbios atenuados o inactivados, productos químicos como el formol o los derivados mercuriales y del aluminio, fármacos como los antibióticos y proteínas extrañas provenientes del "zumo vacunal". Por lo cual, "los nervios desprovistos de protección recibirán un cachiporrazo que puede provocar a su vez un impacto sobre el desarrollo neurológico y en consecuencia una repercusión sobre las facultades del aprendizaje y del comportamiento del individuo."
****
En 1953, se demostró que vacunas y particularmente, la del sarampión, inducían a menudo ataques del sistema nervioso central. Eso se tradujo en un aumento de la reacción alérgica en la población en relación a la vez con las propias enfermedades infecciosas y sus vacunas correspondientes.
En 1978, un científico inglés, Roger Bannister, observó que las patologías en relación con una desmielinización aumentaban porque "existían procesos anormales de sensibilidad del sistema nervioso." - in The Mechanism of Encephalitic Damage from Bacines, the Myelin Sheath, Dr. Val Valerian.